Acá renuncian cuatro ministros y parece no pasar nada; en Chile, hace poco más de un mes, la renuncia de forma simultánea de los ministros de Hacienda y Economía, según parece, por un desacuerdo con Bachelet sobre un proyecto portuario-minero, provocó claras manifestaciones de preocupación por parte de las calificadores de riesgo y los agentes financieros, así como duras críticas por parte de la oposición. A diferencia de lo sucedido en Chile, el “quiebre dentro del gobierno” de Morales, para usar el nombre que utilizaron allá para referirse a este hecho, no obedece a una simple diferencia de opiniones sobre un proyecto productivo, sino, aparentemente, a una divergencia profunda acerca del grado de compromiso que debería tener el gobierno de turno con el combate a la corrupción. Lo que sería un crisis en otro país, acá pasa sin pena ni gloria. Aun así, que estas renuncias no hayan provocado mayor revuelo no debe interpretarse como algo positivo o de poca importancia, así como tampoco debería tomarse con ligereza la escogencia de los sustitutos.

Para principiar, quienes reemplacen a Estrada, Teleguario y Rivas no solo deben contar con la solvencia técnica y experiencia necesarias, sino estar dispuestos a navegar en aguas traicioneras a bordo de un gobierno que afronta una profunda crisis, que carece de un rumbo claro en lo que respecta a la lucha contra la corrupción y cuyo capitán ha perdido la mayor parte de su credibilidad. Dada la importancia de las carteras en cuestión, los ministros de reemplazo, más que obedecer a ciegas al Presidente, deben ejercer su liderazgo para reencauzar el rumbo de la nave y dar señales a la población respecto del compromiso del gobierno en la lucha contra la corrupción. Estos nuevos funcionarios deben reconocer que, de salir bien librados de la tormenta que actualmente sacude al gobierno, deben sentirse satisfechos con tan solo mantener el “barco a flote” después de lo vivido. Como bien dijo el nuevo ministro de Economía chileno cuando asumió el cargo: “no es el momento para desbordes de ninguna naturaleza”. Para bien o para mal, el gobierno de turno carece de capital político, legitimidad y capacidad de gestión para intentar realizar reformas osadas o impulsar grandes cambios.

Dados los temores existentes y la percepción de falta de dirección en los asuntos públicos, quienes lleguen en reemplazo deben ser extremadamente cuidadosos en no generar más incertidumbre en el ambiente, mucho menos tomar o propiciar acciones que provoquen más corrupción, tráfico de influencias, abusos de poder y el uso ineficiente e ineficaz de los fondos públicos. Para finalizar, es importante que Morales y Cabrera comprendan que mucho de su futuro inmediato depende de quienes resulten designados para estos cargos; la historia reciente demuestra cuánto daño se le puede hacer al país cuando se dejan bajo el control de grupos de interés o marionetas al frente de carteras tan importantes como las de Finanzas, Trabajo y Gobernación.

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