En un sentido estricto, el gobierno de Morales no es el primero que llega al poder sin contar con un plan de Gobierno sólido y bien estructurado bajo el brazo. En general, la cantidad de páginas, citas bibliográficas, cuadros y gráficas de los planes de sus antecesores poco han significado en términos de cambios concretos en las condiciones de vida de los guatemaltecos. Ya sea que los planes de Gobierno de administraciones hayan estado mal diseñados, que fueran un compendio de ideas equivocadas o una colección de promesas imposibles de cumplir, lo cierto es que ningún Gobierno ha sido capaz de poner en práctica un conjunto de acciones capaces de impactar de manera significativa, positiva y sostenible la situación económica y social del país. Desde esa perspectiva, este Gobierno tiene la ventaja que al no haber prometido nada, nadie espera mayor cosa de su gestión.

Tanto la teoría como la práctica, así como las experiencias con gobiernos anteriores, demuestran que no existen “ingredientes mágicos” que por sí solos puedan resolver alguno de los graves problemas que sufre el país, ya sea que se trate del control de la inflación, combate a la pobreza, aumento a la recaudación tributaria, mejora en la infraestructura, etcétera. Guatemala necesita de docenas de reformas que se mantengan y se perfeccionen a lo largo del tiempo; Guatemala necesita adoptar un rumbo claro y persistir en él. Ningún país puede eliminar la pobreza o acelerar su crecimiento económico mediante la puesta en práctica de una sola medida de política económica. Reformas de esta magnitud requieren de una dirección clara en la política económica, trabajo constante, constancia y cooperación de todos los sectores. No existe político, ni partido político, ni cooperante internacional que pueda por sí mismo hacerse cargo de algo que es responsabilidad de todos. En tal sentido, un Gobierno como el actual debería priorizar unas cuantas áreas de reforma y concentrar todos sus esfuerzos en las mismas. La mejor receta para el fracaso sería disipar su escaso capital político, capacidad técnica y respaldo popular en múltiples frentes de reforma de forma simultánea.

En ese orden de ideas, es conveniente reconocer que es importante darle tiempo al tiempo. Sin bien la ausencia de cambios inmediatos provoca frustración dentro de amplios sectores de la población, también es cierto que la situación actual del país no es producto de las decisiones que se tomaron o se dejaron de tomar el mes pasado. La situación actual es el resultado de problemas que se han acumulado durante décadas, si no siglos. Esto no quiere decir que el Gobierno actual no tenga la obligación de intentar resolver esos problemas, sino que problemas crónicos y complicados como los que sufre Guatemala requieren mucho más pensamiento, consenso y diseño que los que podría alcanzar un Gobierno como el presente en tan solo seis meses en el poder. Construir un nuevo país toma tiempo y no se puede esperar que se resuelvan todos los problemas en un abrir y cerrar de ojos.

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