La actual crisis financiera deja, entre otras muchas, cuatro lecciones muy importantes: no se pueden comprometer recursos financieros que no se tienen; los programas sociales no pueden pretender abarcar a toda la población en condiciones de pobreza; no se pueden negociar pacto colectivos con los sindicatos del gobierno sin considerar las implicaciones financieras resultantes; la situación de las finanzas públicas cada vez se agrava más. La primera lección puede resumirse así: el endeudamiento no debe ser sustituto de la recaudación; comprometer gastos en función de irreales metas de recaudación es el camino más directo hacia el endeudamiento. En lugar de utilizarse el endeudamiento como un recurso complementario, cada vez se utiliza más como sustituto de los ingresos corrientes.  La segunda lección se resume así: no hay presupuesto público que aguante con programas sociales diseñados con fines político; cualquier programa social que considere que tenga a toda la población como su público objetivo está destinado a colapsar. El buen diseño de este tipo de programas implica, necesariamente, su focalización. Los niveles de pobreza demuestran que el problema es la falta de desarrollo económico, la falta de oportunidades de empleo, no la justificación para que cada vez más personas dependan de programas sociales de corte asistencialista. En última instancia, el éxito de los programas sociales debe juzgarse por la cantidad de personas que los abandonan, no de los que se suman a los mismos.

La tercera lección se resume así: los recursos utilizados para cumplir con los compromisos derivados de los pactos colectivos luego hacen falta en otros lugares. La crisis financiera que vive este gobierno se origina, en parte, en los aumentos salariales que concedieron a salubristas y maestros; cumplir con estos compromisos ha significado recortar el gasto dirigido a grupos de población con menos poder político que los sindicatos. Lo más grave de todos es que dichos compromisos son de carácter permanente, se contraen hoy pero se quedan para siempre. Finalmente, como bien lo podría atestiguar Pérez Molina, Colom, Berger, Portillo o  Arzú, etcétera, la última lección se resume así: “el que venga atrás que arreé”; con la complicación que quien llegue al poder en 2016 encontrará un gobierno casi en bancarrota.  De continuar el ritmo de gasto y endeudamiento, tal y como está previsto en el Presupuestos de Egresos e Ingresos del Estado 2016, lo más probable es que el nuevo gobierno heredé una situación fiscal imposible de sostener. La restricción financiera y el peso de compromisos políticos pasados limitarán seriamente su capacidad para cumplir con sus propios objetivos, sean éstos socialmente deseables o no; hasta las posibilidades de nuevas fuentes de corrupción se verían seriamente limitadas en este escenario de descalabro fiscal. No obstante, pareciera que ninguna de las propuestas políticas entiende ninguna de estas lecciones.

 

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