Según recientes declaraciones, China se comprometió a aportar cerca de US$125 mil millones al fondo de la Franja y la Ruta, que planea resucitar la Ruta de la Seda en pleno Siglo XXI; un proyecto que contempla una inversión global de cerca de US$900 mil millones, en más de 900 proyectos distintos en 65 países distintos. La Ciudad del Bosque, Forest City, en Malasia es un ejemplo de este tipo de proyectos: US$100 mil millones para desarrollar una ciudad inteligente, ecológicamente amigable, capaz de dar empleo a cientos de miles de trabajadores en ocho sectores estratégicos y albergar a 700 mil personas en unos 10 km². Independientemente si tales proyectos se lleguen a concretar algún día, el solo hecho de soñar así de grande dice mucho acerca del tipo de desafíos económicos que afronta nuestra región en el mediano y largo plazo. Para muestra de ello basta considerar el tamaño relativo de los grandes proyectos en la región latinoamericana: la ampliación del Canal de Panamá se estima que representó una inversión de unos US$5 mil 500 millones; la inversión extranjera directa en toda Latinoamérica en 2011, su punto máximo, apenas superó los US$200 mil millones.

Aun en el caso extremo que estos proyectos no fueran más que puros “castillos en el aire”, iniciativas imposibles de concretar, habría que concederles a las élites políticas y económicas de estos países el intento de querer construir una realidad económica distinta para sus pueblos. Cuestiones que parecen no comprenderse a cabalidad en países como Guatemala o regiones como Centroamérica; si bien el tamaño económico de estos países es insignificante a nivel mundial, el hecho de estar tan cerca de México, en primera instancia, y de EE. UU., un poco más allá, debería ser un factor suficiente para pensar en el desarrollo de grandes proyectos regionales de infraestructura que permitirán a estas economías encarar de una mejor forma el futuro económico del mundo. Sobra decir que con los niveles actuales de inversión extranjera directa no se podrá hacer frente la traslación del centro de gravedad económica del mundo y a las inversiones que el “otro lado del mundo” está haciendo para desarrollar sus economías.

Por lo menos habría que soñar con los proyectos de inversión necesarios para hacer frente a la nueva realidad económica mundial. Aunque al final de cuentas estos proyectos no terminaran concretándose, el solo hecho de planificarlos y tomar conciencia de su importancia podría generar alguna acción concreta en la dirección que se necesita de cara al futuro. Creer que países como Guatemala y regiones como la centroamericana no sufrirán ningún efecto negativo producto de la recomposición de la economía mundial, es un espejismo; mientras más pronto se tome conciencia de ello y se empiecen a tomar medidas para hacer frente a este reto, mejor; parafraseando a Marco Polo, el primer occidental en describir la Ruta de la Seda: “no nos han contado ni siquiera la mitad de las cosas que están por venir”.

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