Dadas las complicaciones técnicas y políticas de la reforma, aparte de las pasiones ideológicas que despierta, la única opción viable hoy en día es permitir que el sistema colapse. Las implicaciones financieras, fiscales, sociales y políticas hacen de esta reforma una de las más complicadas de lograr; difícilmente algún político o funcionario público estará dispuesto a cargar con el costo de reducir los beneficios a los afiliados; aumentar las tasas de cotización a trabajadores y patronos; abogar por mayores niveles de endeudamiento para financiar los compromisos de la seguridad social; modificar el balance de poder dentro de la dirección de la institución; enfrentarse contra los grupos de interés se derivan inmensos beneficios de la forma en que funciona hoy el sistema.

Por más que una modificación en el diseño y forma de funcionamiento del Seguro Social, llámese a esto desmonopolización, privatización, sistema mixto, cuentas individuales para el retiro, pudiera mejorar el bienestar, presente y futuro, de los trabajadores guatemaltecos, los intereses en juego, medias verdades, velos ideológicos y compromisos adquiridos alrededor del funcionamiento del IGSS resultan ser más importantes en la práctica. Se cree que el sistema puede sobrevivir mediante el aumento de las tasas de cotización de los afiliados; la mejora del rendimiento de los fondos de inversión; el aumento en la eficiencia de las operaciones; el pago de los montos que el Gobierno adeuda al IGSS. O bien, siendo más pragmáticos, mediante la mala calidad de los servicios; racionamiento de los beneficios vía largos tiempos de espera; desinformación o burocratización de los procesos, y; estancamiento nominal de las pensiones y reducción del poder adquisitivo de las mismas.

Pareciera ser que la única forma para que todos los sectores e intereses involucrados estén dispuestos a “dar su brazo a torcer” es mediante una crisis de proporciones gigantescas. Una crisis que afecte a todos, que amenace con acabar con los beneficios, sean pocos o muchos, que hoy reciben cotizantes, pensionados, personal, directivos, proveedores, sistema financiero, políticos, sector privado, contribuyentes, sindicalistas y académicos. Aunque todos reconocen que tarde o temprano esta crisis va a llegar, todos prefieren creer que ese momento está muy lejano en el tiempo. El típico sesgo del sobreoptimismo identificado por la economía del comportamiento. Lamentablemente, en este tipo de problemas, la crisis aumenta día con día a tasa exponencial. Peor todavía en países como Guatemala, en donde nada se hace para promover la creación de empleo formal de manera masiva, de manera que cientos de miles de trabajadores se afiliaran al IGSS mensualmente. Lo más grave de todo es que, cuando alguna iniciativa surge en ese sentido, como la de los salarios diferenciados o el desarrollo urbano, son las autoridades a cargo de promover el empleo y el desarrollo económico las que se oponen.

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