Aunque las evaluaciones de riesgo-país que hacen las calificadores internacionales del reflejan los intereses de los acreedores, de manera indirecta condensan información valiosa para evaluar las perspectivas del país a mediano plazo. Desde esa perspectiva, la revisión hacia la baja en la calificación que Fitch Ratings otorga a la economía guatemalteca no puede pasarse por alto. Al contrario, es una fuerte llamada de atención para enmendar el rumbo en lo que queda de este mandato presidencial y en durante el próximo gobierno. De nada vale descalificar o poner en duda la evaluación; para cualquier consideración práctica, ya sea que tales mediciones reflejen adecuadamente la realidad o no, para la mayoría de usuarios de esta información estas evaluaciones son la palabra final. Asimismo, poco o nada se gana poniendo en duda la reputación de las empresas que se dedican a estas evaluaciones. Aunque habría razones suficientes para dudar de las mismas, sobre todo después del papel que jugaron durante la crisis financiera internacional de 2007-2008, los usuarios de estas empresas creen más en ellas que lo que cree en cualquier gobierno de un país en vías de desarrollo.

La revisión hacia la baja en la calificación de Fitch Ratings muestra que Guatemala ha sido incapaz de convencer a los expertos en el tema respecto de la profundidad y amplitud de su proceso de reforma económica. En pocas palabras, el país ha sido incapaz de crear los prerrequisitos mínimos para lograr un crecimiento sostenido con reducción de la pobreza extrema y de los conflictos sociales.  Es decir, el mantenimiento de una estabilidad macroeconómica con inflaciones bajas y predecibles y un déficit fiscal controlado; el desarrollo de una infraestructura productiva adecuada que se complemente con crecientes niveles de capital humano por parte de la población; un contexto institucional que promueva un conjunto estable y creíble de políticas para la inversión y que propicie el aumento de la productividad global de la economía, y; un sistema de incentivos que favorezca la asignación eficiente de recursos. Por más que se gastaran cientos de miles de dólares en novedosas y vastas campañas de divulgación, fastuosas reuniones informativas a los inversionistas en Nueva York, Londres o Ginebra o se enviarán misiones oficiales al FMI, BID y Banco Mundial con el objeto de cambiar la percepción que se tiene sobre el país, la evaluación del país de una calificadora riesgo tiene mucho más credibilidad y, en promedio, es más certera que cualquier evaluación oficial.

Mientras no se concreten un conjunto de reformas que permitan al país gozar de los prerrequisitos anteriormente mencionados, ninguna evaluación seria e independiente de la economía podría concluir que el país se encuentra en un sólido sendero de crecimiento y desarrollo social.  De esa cuenta, una rebaja en la calificación resulta siendo tan mala como una calificación estable, en ambos casos no se está avanzando en la dirección correcta. 

 

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