¿Ha sido el 2013 un buen año? Pudo haber sido peor, lo cual no implica que haya sido bueno. Como otras tantas veces en el pasado, el 2013 fue año de “más de lo mismo”.

Contentarse con una tasa de crecimiento levemente superior a la del año pasados equivale, a largo plazo, a un suicidio económico; a dichas tasas de crecimiento resulta imposible mejorar el nivel de vida de los guatemaltecos de manera sostenida. Considerar positivo un leve aumento en la tasa de inversión extranjera directa equivale a un grave caso de miopía económica; países económicamente más pequeños, como Honduras y Nicaragua, atraen tanta o más inversión extranjera directa que Guatemala. Mientras que países como El Salvador aprobaron agresivas leyes de incentivos a la inversión y el empleo, en Guatemala todavía persiste la duda respecto de la necesidad de este tipo de instrumentos.

Defender los logros de la política fiscal con base en una ínfima reducción del déficit fiscal y una malograda reforma tributaria equivale a tratar de “tapar el sol con un dedo”; en términos históricos y estructurales, el déficit fiscal sigue siendo elevado dados los prospectos de crecimiento y recaudación del país. Minimizar el impacto de la inflación sobre el poder adquisitivo de los guatemaltecos es una estrategia fallida; varias de las estimaciones existentes muestran que la inflación se mantendrá por arriba del 4% en el futuro cercano. Tasas que, a mediano plazo, erosionan sostenidamente el poder adquisitivo de los millones de guatemaltecos que laboran en la informalidad y que no se benefician de los aumentos del salario mínimo. Alardear que el tipo de cambio mantiene una marcada estabilidad equivale, en el mejor de los casos, a celebrar una pírrica victoria; dados los niveles observados de inflación, la dependencia crónica de flujos externos de capitales y el desplome de algunos precios de importantes productos de exportación, hasta saludable sería alguna depreciación del tipo de cambio.

Argumentar que 2013 fue un buen año en materia económica resulta difícil. A estas alturas resulta inaceptable reducir la evaluación económica del país al desempeño de unos cuantos indicadores macroeconómicos. El año 2014 parece ser un año en el cual las prioridades estarán centradas en temas puramente electorales, un ambiente poco propicio para iniciar las múltiples reformas que alguna vez el gobierno de turno se comprometió a realizar o para afrontar desafíos económicos que se han pospuesto de manera indefinida desde hace décadas atrás. Todo apunta a que el 2014, si bien nos va, sea un año similar al que hoy termina. Salvo que, como ha ocurrido otras veces, pero que parece altamente improbable al día de hoy, nos caiga el maná del cielo. Más que este maná, lo que se necesita es descubrir, adoptar y consolidar un nuevo modelo de desarrollo económico, algo que, a todas luces, no está ocurriendo y que es poco probable que ocurra en el futuro próximo.  

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