Es común encontrar estudios y opiniones que aborden el tema del mercado laboral desde la perspectiva de la poca generación de empleo; del papel de la inversión para crear nuevas fuentes de trabajo; de la relación entre productividad laboral y los salarios, o del rol de empresarios en la creación de nuevos puestos de trabajo. Casi nadie se atreve a poner en duda la efectividad y eficiencia de las instituciones y regulaciones laborales existentes en la creación de condiciones mínimas que permitan generar más empleos. Rara vez se pregunta qué tan funcional y efectiva puede llegar a ser una institucionalidad y normativa creada para atender los desafíos del mercado laboral de hace 40, 50, 60 o 70 años atrás.
 
La revolución informática y tecnológica obliga a repensar todo tipo de temas, el laboral dentro de ellos. El tipo ideal de trabajador en el cual se inspira la legislación laboral está en crisis. El trabajador medianamente calificado, pero relativamente bien remunerado, es un ideal cada vez más difícil de mantener. Ese tipo de trabajos y de trabajadores afrontan desafíos tecnológicos que cada vez separan más al tipo ideal de la realidad cotidiana. Muchos de esos trabajos, como el ayudante de oficina, por ejemplo, requieren ahora mayores niveles de capacitación y conocimientos que hace 40 o 50 años, sin que necesariamente ahora se gane relativamente más. Otros trabajos simplemente desaparecen, como el de telegrafista de hace medio siglo atrás; los avances tecnológicos provocan una rápida y creciente obsolescencia de un número cada vez mayor de ese tipo de trabajos. Otros más simplemente desaparecen frente a la máquina, el robot, los sistemas informáticos o los trabajadores extranjeros que hacen lo mismo más barato y mejor; una cámara de un circuito cerrado de TV hace el mismo trabajo que el “guachimán” de hace 40 años.
 
La poca capacidad del sistema económico de generar empleo no es una sorpresa para nadie. Para muchos, tampoco la importancia de la inversión en capital físico y humano para la generación de empleo. Para un grupo más reducido tampoco es sorpresa el papel de la productividad laboral en la mejora de los salarios de los trabajadores. Para un grupo aún más reducido tampoco es sorpresa el papel de los empresarios y/o empresas en la creación de nuevos empleos. Lo que muy pocos se dan cuenta es que todos los factores anteriores dependen de la institucionalidad jurídica que rige a las relaciones laborales en Guatemala. Una institucionalidad inspirada, en buena parte, en un tipo ideal de trabajador y relación laboral cada vez más difícil de sostener en el mundo moderno. Esta realidad hace necesario buscar nuevas fórmulas que permitan armonizar la protección de los derechos de los trabajadores con la necesidad de adaptación, flexibilidad operativa e innovación que demanda el mundo moderno a empresas y trabajadores.

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