– CIEN 28 de agosto/2018 –

Con toda la validez que pueda tener, reducir el debate de lo que está sucediendo un asunto de búsqueda de culpables, de quién se queda y quién se va o de qué bando tiene la razón equivale a perder de vista el problema fundamental. Lo que verdaderamente debería preocupar a todos es que la corrupción se haya convertido en una forma de vida aceptada por muchos, de manera que su combate resulta más difícil de lo que parece ya que se le ve como algo natural, como una oportunidad legítima de ganancias o, en el mejor de los casos, como un crimen sin víctimas. Cuando se ha perdido la capacidad de reconocer el daño que esto hace a la fibra moral de un pueblo y no se reconocen los costos sociales de esta forma de actuar, se hace necesario reconocer cuán limitados pueden resultar los mecanismos tradicionales de combatir la corrupción. Sobre todo, cuando la situación parece obedecer a lo que en el lenguaje sistémico se conoce como un “ciclo reforzador”: una situación en la cual la corrupción se retroalimenta a sí misma y se fortalece de manera autónoma con el paso del tiempo, haciéndola cada vez más generalizada, profunda y aceptada por todos.

En cierto sentido, la lucha iniciada contra la corrupción es similar a lo que sucede cuando se corta un árbol de gran altura: inevitablemente se llega a un punto en donde se concluye la tarea conforme el plan inicial o el árbol termina cayéndole encima a quienes intentan derribarlo. Lo más grave de abandonar de tajo la forma en que se lucha hoy contra la corrupción no es la pérdida del aprendizaje organizacional, técnico y social adquirido hasta ahora, sino el alto riesgo de volver a una situación similar a la que prevalecía cuando esta lucha se inició o, muy probablemente, a una peor dado lo fortalecidos que podrían salir quienes hoy están en la mira de dicha lucha. Dado este estado de cosas, debe reconocerse que las instituciones nacionales encargadas de la lucha contra la corrupción muy difícilmente podrían continuar la tarea que inició ya la CICIG; al menos, no con la misma intensidad y determinación como se ha venido haciendo.

Como lo muestra la Tercera Ley de Newton, para vencer a una fuerza en una determinada dirección se necesita una fuerza mayor en dirección contraria. Algo que gobiernos débiles, que ni siquiera son capaces de administrar los asuntos básicos, que probablemente carezcan de un genuino compromiso de luchar contra la corrupción, que no cuentan los recursos necesarios y que no tienen una estrategia integral al respecto, difícilmente pueden garantizar la condición mínima para que funcione este principio básico. No reconocer este hecho constituye una fatal ingenuidad o una negligencia temeraria, independientemente de quien sea el que juzgue el fenómeno; tome decisiones de política pública; pretenda defender la soberanía nacional, o; tenga en sus manos la decisión de modificar de un plumazo la institucionalidad existente.

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