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Por Hugo Maul
Lo peor parte de la crisis internacional parece que quedó atrás, situación que habría que aprovechar para superar la “recuperación y emergencia económica” e iniciar reformas económicas que han estado esperando por más de dos años. El cambio en las condiciones internacionales hace de este un buen momento para retomar una agenda económica que promueva el crecimiento económica, la productividad y competitividad. No obstante, la inseguridad, la falta de claridad en la conducción de la política económica, el constante cambio de funcionarios y la ambivalencia en el trato a la inversión nacional y extranjera en nada ayudan al clima de negocios e inversión en el país. La mejora en las condiciones internacionales, la liquidez en el sistema financiero, la estabilidad de precios y de las tasas de interés no han tenido el impacto positivo que se hubiera esperado dada la desconfianza y cautela por parte del sector productivo, una reacción natural ante la poca coherencia entre el discurso oficial y las acciones del gobierno de turno.
Aunque suene repetitivo, mientras la política pública no se enfoque en mejorar la seguridad ciudadana, la certeza jurídica, el respeto a la propiedad privada, el cumplimiento de los contratos y la productividad, no hay posibilidad de pensar en cambios sostenibles largo plazo. Aunque a corto plazo sea posible “acelerar” artificialmente la actividad económica, a largo plazo se necesitan reformas que hagan más eficiente el sistema económico. No obstante, la cercanía de las elecciones generales y las intenciones de reelección del partido gobernante hacen poco probable que exista interés por parte del gobierno en impulsar reformas estructurales. Al día de hoy es más probable que el gobierno se incline por para generar un “boom” artificial de corto plazo, que por reformas que den resultados a mediano y largo plazo.
Lamentablemente las reformas económicas que el país necesita no redundan en votos de manera inmediata. Aún así, las mismas no pueden quedar en el olvido; a largo plazo no es factible sostener un modelo económico basado solamente en la redistribución y la expansión del gasto público. Tarde o temprano habrá que preocuparse por la producción, inversión y eficiencia económica. Por supuesto, esto no ocurrirá en el próximo año y medio. Este período de tiempo estará marcado por la manipulación de la política pública con fines electorales. Después de este año y medio, Dios dirá. Tal vez exista una oportunidad para promover nuevamente este tipo de reformas, tal vez las mismas no sigan siendo importantes para quien resulte electo.
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