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Por José Raúl González Merlo
El Dr. Castresana dijo que deberíamos celebrar la captura del ex presidente Alfonso Portillo como un triunfo en contra de la impunidad. Puede ser… Yo lo veo desde otra perspectiva. No hay nada que celebrar y mucho de qué preocuparse. El hecho de que los guatemaltecos hayamos electo como nuestro presidente a una figura como Portillo es motivo suficiente de vergüenza y meditación nacional.
¿De qué otra manera podía haber terminado la “carrera política” de Alfonso Portillo? ¿Qué se podía esperar de un político que se enorgullecía de haber asesinado, no a una, sino a dos personas? Que se vanagloriaba de haber logrado evadir la justicia mexicana hasta que el crimen prescribió. “Fui impune, por eso puedo combatir la impunidad”, dijo. Que no sentía vergüenza para mentir descaradamente. Que se rodeó y continuó rodeando de personajes de la más dudosa reputación. ¿Qué clase de partido político nombra a un personaje como este como su candidato? Y ¿qué se puede esperar de una nación que lo elige como su presidente constitucional y aún hoy le manifiesta su solidaridad? Que conste que no fue una elección apretada ni mucho menos. Portillo sacó 60 por ciento más votos que Berger en la primera vuelta electoral y obtuvo más de un millón cien mil votos en la segunda. ¡El 70 por ciento de los electores votó por él!
Cada pueblo tiene el gobierno que se merece, dice el refrán. Alfonso Portillo no llegó a la Presidencia por accidente. Llegó porque los guatemaltecos lo llevamos allí en elecciones libres y transparentes. Y si cometió los delitos de los que se le acusa fue porque él sabía perfectamente que los guatemaltecos no teníamos ni el carácter ni el valor para impedir que este u otro gobernante abuse del poder que nosotros mismos le entregamos. Peor aún, tan seguro se sentía de nuestra pobreza moral que ya había anunciado, orgullosamente, sus nuevas intenciones políticas. Quién sabe si él hubiera logrado elegirse como diputado al Congreso y desde allí alcanzar la Presidencia de ese organismo. No era un escenario descabellado considerando los “personajes” que han desfilado por esos importantes cargos.
Solamente la amenaza de la Cicig y del gobierno federal estadounidense lograron interrumpir el “segundo aire” político de Portillo. No Dr. Castresana. No hay nada que celebrar. Hay mucho que meditar respecto a un pueblo que permite un medio ambiente institucional en donde ese tipo de personas llegan al poder. ¿Por qué nos sorprendemos, después, que actúen de la forma como se les acusa? Lo verdaderamente sorprendente hubiera sido un manejo correcto de la cosa pública. Así que meditemos respecto a lo que está pasando en Guatemala, pero hagamos algo por cambiar las cosas. La iniciativa de ProReforma sería un buen comienzo.
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