Por: Verónica Spross de Rivera.
La política
de gratuidad se comenzó a implementar en el actual ciclo escolar con
algunos efectos positivos y otros negativos. Es importante reflexionar
sobre esta política con el fin de que las buenas intenciones no sean
opacadas por los resultados no deseados que se observan.
Según han señalado las autoridades educativas, las motivaciones que
les llevaron a promover la política de gratuidad incluyen el cumplimiento
de la Constitución Política de la República, que establece dicho
principio para la educación pública. Consideran que ésta no
se cumplía debido a que en las escuelas se había establecido la costumbre
de cobrar a los padres de familia una cuota anual de inscripción, que
oscilaba entre los 40 quetzales hasta los 300 en algunos establecimientos
educativos de nivel medio.
Dichos aportes
servían para financiar algunos servicios como las clases de computación
o de inglés, la contratación de una persona para hacer la limpieza,
el servicio de guardianía o seguridad, el mantenimiento de la infraestructura,
ornato, pintura, así como también el pago de la electricidad, el agua,
el teléfono o el servicio de Internet. El Ministerio de Educación
se comprometió, por su parte, a trasladar un monto por alumno a los
establecimientos con el fin de cubrir algunas de estas necesidades.
Cada escuela tiene sus propios programas y particularidades, por lo
que seguramente no serán cubiertas las necesidades en su totalidad.
El monto que se ha presupuestado para ser trasladado a las escuelas es
cercano a los 40 quetzales por alumno, con base en la inscripción de
años anteriores.
Con el fin
de aumentar la inscripción y por tanto la cobertura educativa se estableció
la prohibición de realizar ningún cobro por concepto de inscripción.
Dicha medida parece estar contribuyendo al aumento de la matrícula
en la mayoría de los establecimientos de preprimaria, primaria y secundaria.
Tampoco pueden las escuelas vender uniformes ni libros de texto.
Esto se hizo para evitar que se hagan negocios particulares en desmedro
de la economía de las familias, muchas de las cuales son de escasos
recursos.
A pesar de
los posibles beneficios, es de resaltar que la política de gratuidad
no está siendo bien aplicada, sino que reina la confusión. Las
autoridades educativas han indicado que los padres de familia,
que de manera voluntaria desean contribuir con ciertos servicios que
brindan las escuelas, como el de computación, o con el mantenimiento
de la infraestructura escolar, pueden continuar haciéndolo. Eso
no está prohibido, si es una acción voluntaria. Tampoco se ha
prohibido la compra de útiles escolares ni libros de texto. Los
padres de familia no pueden eximirse de la responsabilidad de que sus
hijos cuenten con los insumos necesarios para poder aprovechar los estudios.
De lo contrario, se dificultará aún más la labor de los docentes,
si no se cuenta con los libros ni materiales requeridos.
Otro tema que
deberá abordarse conjuntamente con el de la gratuidad es el de las
instituciones privadas, como las escuelas de Fé y Alegría, que no
deben ser incluidas dentro de la política de gratuidad, ya que éstas,
son privadas. Esta institución que cuenta con 47 centros educativos
recibe financiamiento del Gobierno, pero también cuenta con donaciones
del exterior y se apoya en las cuotas que aportan los padres de familia
que decidieron inscribir a sus hijos en estas escuelas. Debe resaltarse
inscribieron allí a sus hijos de forma voluntaria, conscientes de que
debían contribuir con una cuota mensual mínima y colaborar en el programa. Debe reconsiderarse
la aplicación de la política de gratuidad para evitar los efectos
perversos que puede generar sobre la calidad educativa, si se ignora
que cada escuela tiene su propio contexto, particularidades y necesidades.
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