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Por: Jorge Lavarreda.
Comentario realizado por Jorge Lavarreda en el evento de presentación del Estudio de la Pobreza del Banco Mundial buen desempeño a bajo nivel el 9 de febrero de 2009 en el Hotel Intercontinental.
Quisiera iniciar
felicitando a los autores del informe por su excelente calidad técnica
pero sobre todo porque efectivamente logra su finalidad de servir de
apoyo al debate público en cuanto a buscar la manera de acelerar la
marcha hacia la reducción de la pobreza. Por razones de tiempo
no me es posible comentar todas las temáticas tratadas en el informe
por lo que me centraré en aspectos que me llamaron la atención y que
se relacionan con el diagnostico del que se saca el mensaje “buen
desempeño a bajo nivel”.
El informe
afirma que desde mediados de los años 90 se registraron avances significativos
en diversas áreas estratégicas como la gestión de las finanzas públicas,
el gasto social, la competitividad, y la gestión macroeconómica entre
otras; y que se realizaron algunas acciones que sugieren que se están
haciendo mayores esfuerzos para luchar contra la pobreza. Luego
se formulan tres preguntas fundamentales: 1) ¿Han sido suficientes
estos cambios para cambiar el curso de la situación de Guatemala?,
2) ¿Ha logrado Guatemala disminuir la brecha que existía con el resto
de América Latina en los indicadores sociales y de pobreza?, y 3) ¿Han
disminuido las fuertes diferencias internas entre los grupos socioeconómicos?
Para responder
estas preguntas a lo largo del informe se hizo una distinción entre
dónde se encontraba Guatemala y cómo ha evolucionado Guatemala en
los últimos años. Específicamente se siguieron tres pasos:
primero, se comparó el nivel del indicador de Guatemala del 2006 con
los datos más recientes de otros países; segundo, se comparó el cambio
anual promedio del indicador de Guatemala entre 2000 y 2006 con la distribución
del cambio promedio anual para todos los países entre 1985 y 2006;
y finalmente, se realizó la comparación del cambio anual promedio
del indicador seleccionado pero controlando por las diferencias en las
características de Guatemala. El informe concluye que cuando
se comparan los niveles, Guatemala se coloca en la cola de la distribución
lo cual genera una foto demasiado pesimista de la situación; pero cuando
se compara el cambio promedio anual, Guatemala está o bien cerca del
desempeño medio (en pobreza) o claramente por encima del desempeño
medio (en desigualad e indicadores sociales) lo cual genera una foto
demasiado optimista de la situación.
En este punto
me parece útil recurrir a la metáfora de una montaña. Imaginemos
a un grupo de alpinistas escalando una montaña y que deseamos formular
un juicio de valor sobre qué tan bien lo están haciendo. Un
enfoque de nivel significaría poner atención en la altura a la que
logró llegar cada alpinista, mientras que en el enfoque de cambio el
foco de atención está puesto en la velocidad con que ha avanzado o
retrocedido cada alpinista desde donde estaba en un momento anterior.
Sin embargo, en el enfoque de cambio, aunque se hayan realizado controles
para que las características de la montaña que debe escalar cada alpinista
sean similares e incluso en cuanto al equipo que utilizan los alpinistas
que estamos observando, no se está tomando en cuenta que unos lo están
haciendo desde un punto más alejando de la cima que los otros.
En el caso de los alpinistas sabemos que a mayor altura hay menos oxigeno
y que lograr avanzar una misma distancia requerirá de más tiempo para
el que está más cerca de la cima respecto del que se encuentra en
la falda de la montaña. En el caso de Guatemala nos encontramos
que tenemos, por ejemplo, una tasa de conclusión primaria que sólo
está en mejor posición que el 27% del resto de países pero Guatemala
aparece mejor que el 88 ó 94% de los cambios observados en otros países
dependiendo si tomamos en consideración las características de la
montaña. Sin embargo, mi intuición es que nuestra posición
en los cambios no sería tan favorable si la medición de la velocidad
de los cambios observados de los otros países se realizara a partir
del mismo nivel con que inició Guatemala en el año 2000 y se tomara
el mismo plazo de seis años. En todo caso comparto plenamente
la conclusión de que resulta insuficiente y potencialmente erróneo
observar sólo una dimensión de los indicadores pero mi lectura sobre
nuestro desempeño no ha sido tan positiva como se concluye en el informe,
sobre todo en su tema central que es la pobreza.
Por ejemplo,
en el caso de la incidencia de la pobreza al compararnos con otros países
nos encontramos por debajo del desempeño promedio de todos los países
y es algo más pobre aún cuando el grupo de comparación son otros
países de América Latina. Por otro lado, se encontró una reducción
estadísticamente significativa de la incidencia de la pobreza general
de 5.2 puntos porcentuales. Sin embargo, siempre debemos tener
presente que un resultado estadísticamente significativo implica que
hay diferencias reales pero no necesariamente que estas sean sustantivas
y relevantes. En este caso, aunque la incidencia de la pobreza
general se redujo, el número de personas pobres se incrementó en más
de 200,000 entre 2000 y 2006 dando como resultado que el número absoluto
y relativo de pobres en Guatemala persistiera en el 2006 en niveles
inaceptables (alrededor de 6.6 millones de personas equivalente al 51.0%
de la población total). Además, este ritmo de reducción de
la pobreza es insuficiente para alcanzar la Meta del Milenio en el 2015.
Por lo tanto, con este desempeño real me pregunto: ¿si las familias
guatemaltecas han percibido mejoras significativas en sus condiciones
de vida y si nos podemos dar por satisfechos?
Cambiando de
temática quisiera comentar brevemente sobre la medición de los cambios
de pobreza que, en mi opinión, pueden generar confusión para un lector
no especializado sobre ¿cuál fue la evolución de la pobreza según
el área de residencia en el período analizado?, y ¿por qué se redujo
la pobreza general pero no la pobreza extrema? Me parece importante
destacar dos cambios importantes: 1) la reclasificación de área urbana
y rural, y 2) el nuevo valor de la línea de pobreza extrema.
Para la ENCOVI2006 se utilizó la clasificación de área correspondiente
al Censo Nacional de Población del 2002 mientras que para la ENCOVI2000
fue la correspondiente al Censo de 1994. Por lo tanto, al utilizar
la misma clasificación del año 2000 no se encuentra un incremento
significativo de la incidencia de la pobreza extrema en el área urbana
y más bien se consolida la reducción de la incidencia de la pobreza
en el área rural. Por otro lado, se incrementó el valor real
de la línea de pobreza extrema, principalmente porque se tornó más
caro comprar los alimentos debido a la mayor inflación relativa de
los alimentos. Por lo tanto, aunque el consumo real se incrementó
tanto para los pobres como para los pobres extremos, en este último
caso no pudieron comprar más alimentos dando como resultado que la
medición de su incidencia permaneciera relativamente constante. Además,
el informe también explora sobre ¿qué explica los cambios en la incidencia
de la pobreza? Me llamó la atención el papel relevante de las
remesas en estos cambios al punto de que según el informe algunos hogares
se han vuelto “remesa-dependientes”, lo cual definitivamente debe
ser un motivo de preocupación en la coyuntura actual en la que ya hemos
observado una desaceleración importante.
Finalmente,
me parece muy oportuno que en el informe se haya dedicado un capítulo
especial al tema de las transferencias monetarias condicionadas porque
nos señala aspectos críticos de su implementación que me parecen
muy relevantes para ser tomados en cuenta por el programa “Mi Familia
Progresa” a fin de que sea exitoso. Específicamente el informe nos
alerta sobre la necesidad de: una selección apropiada y transparente
de los beneficiarios, oportunas verificaciones de las corresponsabilidades,
el acceso a los servicios de educación y salud, un buen sistema de
monitoreo y evaluación, tecnología de información efectiva y acceso
a información para que las reglas del programa sean claras para todos
los potenciales beneficiarios. Por mi parte comparto todos estos
puntos críticos ya que como dice el refrán “el diablo está en los
detalles”. En la coyuntura actual me parecen de vital importancia
el que se asegure una adecuada y oportuna verificación de las corresponsabilidades,
y que la oferta de los servicios del programa no sólo se ajuste en
cuanto a cantidad sino que también en cuanto a su calidad para que
el programa sea una verdadera inversión social y no simplemente un
alivio temporal de la pobreza. Por lo tanto, me parecen muy oportunas
las recomendaciones del informe sobre la conveniencia de que la ampliación
del programa se haga gradualmente para asegurarnos de que todos los
aspectos críticos señalados sean adecuadamente atendidos, que sea
parte de un paquete integrado de políticas de intervenciones sociales,
y que focalice en beneficiar a las personas en pobreza extrema.
El informe señala que si se utiliza como población meta del programa
a todos los pobres entonces sus costos serían prohibitivos. En
conclusión, el informe nos permite mover el eje del debate sobre el
programa Mi Familia Progresa desde aspectos de transparencia hacia temas
de diseño e implementación cruciales para su éxito y trascendencia
a más de un período gubernamental.
En fin, el
informe presenta un excelente trabajo analítico, basado en evidencia
empírica, que aporta una contribución importante a la discusión de
las políticas públicas de Guatemala y que espero que sirva para informar
las decisiones sobre nuestras políticas sociales teniendo dos aspectos
en mente: 1) los resultados esperados, y 2) la eficiencia con la que
los recursos son utilizados para producir los resultados esperados.
Les recomiendo leer el informe completo. ¡Muchas gracias!
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